La vela se iba consumiendo mientras el féretro presidía la sala con un aire de nobleza venida a menos. Joaquina lloraba a moco tendido mientras Francisco la observaba y rememoraba su vida juntos.
A ratos con una sonrisa dibujada en los labios, sobretodo cuando recordaba cómo se conocieron en el 56, en el guateque que se celebró en el cortijo del tío Clemente. Cómo se besaron por primera vez corriendo y a escondidas, y como en el granero vio sus voluptuosas curvas dándose a él a escondidas del mundo.
Iba recordando todo con una claridad meridiana. Veía cada sonrisa de ella, cada mirada. Poco a poco, la película que tenía en la cabeza le iba trayendo más recuerdos. La primera vez que Joaquina le hizo el potaje con poca sal. Ese día fue la primera torta a su mujer. No sería la última. Durante 50 años la habría pegado por la más mínima tontería, porque a la mujer se la tiene que pegar para que obedezca.
Recordó el día que tuvo que llevarla al hospital porque se le escapó el cinturón más de lo que debía. Esa noche la agasajó con flores y con una cena en el restaurante del raval al que tantas veces Joaquina le había pedido ir.
Después de ese día hubo más flores y más cenas, incluso algún viaje a Torrevieja. A Joaquina no le cabían los golpes en el alma, y Francisco no sabía tratar de otro modo a su mujer.
Un día dejó de pegarla, era el día de sus bodas de oro y Joaquina lloraba a moco tendido mientras Francisco la observaba desde su mortaja. Tanto dolor le había causado, tantos moratones escondidos bajo las mangas largas en pleno verano, tantos silencios y tanto miedo… aun así, Joaquina lloraba a moco tendido, y Francisco sabía que la vergüenza le roería las entrañas durante toda la eternidad.
A ratos con una sonrisa dibujada en los labios, sobretodo cuando recordaba cómo se conocieron en el 56, en el guateque que se celebró en el cortijo del tío Clemente. Cómo se besaron por primera vez corriendo y a escondidas, y como en el granero vio sus voluptuosas curvas dándose a él a escondidas del mundo.
Iba recordando todo con una claridad meridiana. Veía cada sonrisa de ella, cada mirada. Poco a poco, la película que tenía en la cabeza le iba trayendo más recuerdos. La primera vez que Joaquina le hizo el potaje con poca sal. Ese día fue la primera torta a su mujer. No sería la última. Durante 50 años la habría pegado por la más mínima tontería, porque a la mujer se la tiene que pegar para que obedezca.
Recordó el día que tuvo que llevarla al hospital porque se le escapó el cinturón más de lo que debía. Esa noche la agasajó con flores y con una cena en el restaurante del raval al que tantas veces Joaquina le había pedido ir.
Después de ese día hubo más flores y más cenas, incluso algún viaje a Torrevieja. A Joaquina no le cabían los golpes en el alma, y Francisco no sabía tratar de otro modo a su mujer.
Un día dejó de pegarla, era el día de sus bodas de oro y Joaquina lloraba a moco tendido mientras Francisco la observaba desde su mortaja. Tanto dolor le había causado, tantos moratones escondidos bajo las mangas largas en pleno verano, tantos silencios y tanto miedo… aun así, Joaquina lloraba a moco tendido, y Francisco sabía que la vergüenza le roería las entrañas durante toda la eternidad.
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Las tres palabras para este cuento son de Jano y son vela, eternidad y vergüenza
