jueves, 20 de marzo de 2008

La cabaña

Blanco.

La nieve inundaba el bosque donde habían decidido pasar el fin de semana. La cabaña que habían alquilado para su escapada romántica estaba perdida en medio del bosque en las montañas del norte del país. Creían que no podía haber paisaje más bonito que aquél, un manto blanco cubriendo con una ternura cruel el suelo que en verano era verde.

Antón y Anaïs llevaban un año saliendo juntos. Se conocieron en la terminal de un aeropuerto, durante la espera típica de los vuelos retrasados de verano. Ambos viajaban solos, y ni siquiera iban a tomar el mismo vuelo, pero sus puertas de embarque estaban juntas y todos los vuelos sufrían retrasos ese día por el temporal del día anterior. Empezaron a hablar como por casualidad y al cabo de media hora estaban tomando un café en el bar de la terminal. La conversación fue evolucionando tan rápidamente que en poco rato sabían todo lo que hacía falta saber del otro. Eran dos desconocidos, pero sin querer se habían descubierto el uno al otro. Antón, tan fantasioso y sensible como era, empezó a imaginar cómo sería pasar el resto de la vida junto a ella. Anaïs, más pragmática, tenía curiosidad por conocer más al chico de la terminal, pero no creía que fuera posible que la historia fuera más allá.
El altavoz de la terminal llamó a los pasajeros del vuelo a Moscú porque el vuelo estaba dispuesto a embarcar. Antón, que iba en ese avión, pensó por un momento en hacerse el loco para poder quedarse más tiempo con Anaïs, no quería separarse de ella, pero fue ella la que le llamó la atención sobre la llamada para los pasajeros de su vuelo, y Antón tuvo que despedirse de ella para seguir con sus vacaciones.
Anaïs, tras despedirse de Antón, se quedó sola en la cafetería preguntándose sorprendida cómo podía ser que el desconocido que acababa de irse le hubiera calado tan hondo como para desear que no se hubiera ido. Estas cosas no le pasaban a ella. Nunca había tenido una pareja estable ni había deseado nada romántico, pero de repente sentía que necesitaba volver a verle.

No fue hasta tres días después, mientras se preparaba para ir a la piscina del hotel de Natal en el que estaba alojada, que descubrió un papel que estaba dentro del libro que se había comprado para el viaje. En el libro estaba el teléfono de Antón, y la fecha en la que él volvía de Moscú. Nerviosa, olvidó que llevaba el bikini y la toalla porque su intención era bañarse en la piscina, y encendió el portátil para mirar en internet los vuelos que llegaban desde Moscú el día que él volvía. Preparó mentalmente su plan de acción. Ella llegaba el día anterior, así que tenía tiempo para ir a darle una sorpresa al aeropuerto. Estaba tan emocionada que casi no pudo disfrutar el viaje que había estado preparando durante tanto tiempo. Vio las playas de Natal, conoció a mucha gente, aprendió a bailar samba… pero su mente estaba a muchos kilómetros de allí esperando a que fuera el día de la vuelta de Antón.

Antón tampoco pudo disfrutar de sus vacaciones. Moscú era precioso, tenía muchas ganas de conocerlo y de visitarlo y de ver de nuevo a la familia que había estado alojada en su casa durante una semana. Pero no paraba de pensar en Anaïs. No paraba de mirar el teléfono. Anaïs no llamaba. Tal vez no había encontrado el número que él había escondido en el libro, o tal vez no había querido llamarle. Llegó al aeropuerto triste por la pérdida de alguien a quien en realidad no había tenido jamás, pero que para él, durante una semana, había sido el mundo.
Recogió el equipaje, tras media hora de espera, como siempre, y salió de la terminal. Justo al salir por la puerta el teléfono sonó. Antón lo cogió. No conocía el número de teléfono. Descolgó y al otro lado del teléfono oyó la voz con la que había estado soñando las últimas noches. Era Anaïs. No podía creerlo. Había encontrado el teléfono y, además, había querido llamarle. No cabía en sí de gozo. Soltó las maletas y se quedó parado molestando a todos los pasajeros que intentaban también salir de la terminal. No le importaba. O más bien, no se daba cuenta. Cuando se hubo despejado la puerta de la terminal vio, enfrente suyo, a Anaïs saludándole con la mano mientras reía de contenta.

Se acercaron el uno al otro, flotando, y sin saber cómo se besaron. Como si fueran una pareja de enamorados que habían estado separados por un inevitable viaje de negocios. Antón no podía dejar de mirarla y besarle las mejillas, mirarla y besarle la nariz, mirarla y besarle los ojos. No podía creerlo. Anaïs tampoco creía lo que estaba pasando porque jamás le había pasado algo parecido. Desde ese día nunca estuvieron separados más de 24 horas.

Rojo.

Era de noche, fuera hacía mucho frío, pero la cabaña les resguardaba de la inclemencia del invierno en las montañas. Llevaban un par de meses hablando de esta salida. Celebraban un año desde el día que se conocieron y les apetecía mucho perderse en ninguna parte para estar solos.

Encendieron la chimenea con los troncos que el amo de la casa les había dejado. Era como en las películas, abrazados delante del fuego tapados por una manta con un chocolate en las manos. Acababan de llegar y estaban cansados, así que hablaban pausadamente mientras saboreaban el líquido que había en sus tazas. Anaïs miraba a su marido con admiración. No había dejado de admirarle desde el día que se encontraron. Por más que había intentado pensar, no recordaba nadie que le gustara más que él. Nadie le había besado como le besaban sus labios carnosos. No veía otra vida que no fuera a su lado. No podía ser.

Mientras Anaïs miraba a Antón, él se acercó a ella, la miró a los ojos muy fijamente y sin mediar palabra le dijo cuánto la amaba. Tomó su mano y le dio un beso tierno, dulce, lleno de amor. Ella respondió al beso con toda su alma. Cerró los ojos y se dejó inundar de cariño. En ese momento no necesitaba nada más. El beso fue eterno. Antón, sin dejar de besarla, se quitó la manta y la puso debajo de ella. Después se tumbó a su lado. La amaba tanto, necesitaba tanto de ella que no tenía manos suficientes para acariciarle el cuerpo. Ella tumbada en el suelo se estremecía con cada caricia. Él le recorrió todo el cuerpo con sus manos y con sus besos mientras ella, muy lentamente, se quitaba la ropa para darle toda su piel. Después le desabrochó la camisa con mucha tranquilidad sabiendo cuánto le gustaba a él que ella le desabrochara los botones mientras le miraba a los ojos fijamente. Poco a poco estuvieron los dos desnudos, abrazados sintiendo el calor de sus cuerpos y de la chimenea que tenían enfrente. La cabaña estaba oscura y sólo estaba iluminada por el fuego, que daba vida a las sombras haciéndolas mecerse a su antojo. Hicieron el amor durante largo rato, sin dejar prácticamente de besarse. Tenían en frente a la horma de su zapato, a su media naranja, a la persona que podía besarles como nadie en el mundo podía hacer.

Tras terminar quedaron abrazados, aturdidos y lentamente se durmieron completamente entrelazados.

Negro.

Una semana después les encontraron. Según el experto, había un fallo en la chimenea que hizo que el humo quedara en la cabaña en lugar de salir al exterior.
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Las tres palabras para este cuento son de Jano y son nieve, beso y cabaña

La manita

Nunca supo cómo había pasado. Aquel día el cielo era gris, la ciudad estaba apagada y todo estaba cubierto por una neblina que hacía más tenues las formas.
El niño ya no estaba allí. Hacía cinco segundos estaba tomándole la mano y de repente no estaba a su lado.

El mundo, como su corazón, se paró. El niño de su alma, su cosita pequeñita se había esfumado y era incapaz de decir cómo había pasado. Estuvo gritando su nombre durante más de una hora sin obtener respuesta. Las otras personas que estaban esperando a cruzar el semáforo cuando notó que su hijo no estaba no sabían nada. No habían visto nada. Para su sorpresa, una decena de personas la ayudaron a buscar al niño. Preguntaron en tiendas, a los viandantes, a los coches que estaban parados en el semáforo. No había ni rastro del niño.

Llamó a la policía, que tomó el caso sin mucho entusiasmo, y tras estar todo el día y parte de la noche rondando por las calles buscando a su niño volvió a casa desesperanzada y angustiada. Se había quedado sin lo que más amaba en el mundo. Esa personita que era como un ella en pequeñito se había ido, sin avisar, sin siquiera gritar, y era incapaz de encontrarle.

Pasaron los días, los meses, y no había rastro del niño. La policía había dejado de buscar poco a poco. De echo nadie de los que estaban a su alrededor mencionaba la desaparición. Sólo le importaba a ella. Bueno, se dijo, sólo le tenía a ella en este mundo.

Las noches se volvieron iguales a los días. No podía dormir. Acaso un par de horas antes de que le sonara el despertador antes de ir a trabajar. Pero ya estaría poco tiempo en ese trabajo. Su implicación en el proyecto se había deteriorado mucho desde aquel día en el que la neblina se llevó a su niño.

Su salud se fue deteriorando también. Cada vez estaba más delgada, más pálida y más triste, puesto que le faltaba lo único que le había dado vida durante mucho tiempo. Llevaba sobre su alma todo el peso del dolor de la pérdida. Ella era la única que parecía recordar que algún día había existido.

Una noche, mientras luchaba contra el demonio que no la dejaba dormir, una manita invisible se posó sobre su mano. Ella se durmió poco a poco con una sonrisa.


No vuelvas a irte, mi vida - Le dijo con el pensamiento, la única manera de la que sabía comunicarse con el niño.
Un niño que nadie había visto jamás.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Las vacaciones de su vida

La playa estaba muy hermosa esa mañana. No lucía el sol, pero las nubes bajas acechando a las olas daban al paisaje una sensación de melancolía que calaba el alma.

Nadie hubiera dicho que Martín estaba gozando de unas merecidas vacaciones. Sentado en la arena con su portátil hacía repaso de todo lo que había dejado pendiente de hacer. A su lado descansaba una botella de vodka mezclado con naranja.

De vez en cuando su mirada se perdía en el horizonte mientras su mente iba lejos, muy lejos. Volvía al día en que por primera vez le dijo a Joanna que la amaba, volvía al día en que dejó la casa de sus padres para mudarse con ella a un pequeño piso de las afueras, volvía al día en que hicieron su primera comida juntos, su primera colada juntos y, porqué no, a su primera discusión.

Cuando llegaba a este punto volvía a su trabajo, a sus cosas pendientes. Era consciente de que su desidia a veces hacía que cosas que había empezado con mucho empuje quedaran en el cajón del olvido sin terminar. Odiaba ser así, odiaba hacer eso.

Su mente volvía al pasado. Retazos de vida que volvían para recordarle todo lo que había sido su vida, lo bueno y lo malo. Su mejor amigo era su mejor amigo desde tiempos del instituto. No recordaba haber tenido gente más cercana que él, quitando a Joanna y a su familia, y no creía que pudiera tener nada tan profundo con nadie más. En mente se proyectaban los ratos que habían pasado juntos, las horas que habían pasado hablando de chicas, y los buenos momentos que habían compartido durante tantos años.

No había nadie más en la playa. Era abril, pero entre semana no había mucha gente que fuera a la playa que él amaba. Había ido allí desde que era pequeño, con sus padres, y creía que no había lugar más hermoso que ese.

En el portátil, lleno de ventanas abiertas, estaban todos los asuntos pendientes de Martín. Uno a uno fue cerrándolos todos, escribiendo correos y rellenando formularios.

"Todo tiene que estar perfectamente cerrado para el fin de mis vacaciones. No quiero tener nada pendiente"

Mientras se decía esto su mente volvió atrás, a un pasado no muy lejano, pero que él quería tener muy enterrado dentro. Escuchó de nuevo en su cabeza la última discusión que tuvo con Joanna. El portazo que dio antes de irse, y vio la mirada de odio que le dirigió justo antes del portazo. La última mirada que le dirigió. La última de su vida.

Poco a poco las ventanas abiertas de su portátil iban disminuyendo. Iba cerrando temas, sacando de la bandeja de pendientes los temas más urgentes, dejando para el final lo más divertido, si podía llamarse así. No dejaba de teclear, aunque el cansancio le cerraba los párpados.

Cuando cerraba los ojos veía a Samuel. Su mejor amigo, su amigo de juventud. La persona a la que había confiado toda su vida, cerrando el fondo de su corazón a cualquier otra persona que no fueran él o Joanna. Pero esta vez lo que veía era su mirada fría, sin sentimientos, cuando se despidió de él por última vez. No le dio ninguna razón. Sólo le dijo que había decidido que la senda que estaban andando juntos se había bifurcado y que cada uno tenía que tomar un camino diferente. Martín se quedó frío, helado más bien. Conocía bien a su amigo, y sabía que era capaz de estas cosas, pero no podía creer que también pudiera ser así de cruel con él. Habían sido más de 10 años, y los cerraba con un razonamiento como este! Tardó mucho tiempo en reaccionar. Meses tal vez. Al cabo de unos meses volvió a verle, y Samuel le saludó con un "Ah hola" de los que se dirige a los semi-desconocidos.

Era tarde, se estaba haciendo de noche y cada vez tenía más sueño. Le costaba escribir en el portátil, no notaba las teclas como hacía una hora, pero tenía que cerrar todos los temas pendientes antes de dormir. Había dejado los dos últimos correos para el final. Abrió el primer mensaje, "Para Joanna". Sólo le escribió dos palabras "TE AMO". El segundo mensaje era para Samuel. Le dijo que había sido una de las personas más importantes en su vida. Cerró el mensaje con un "Te quiero, hermano".

Ya no había más ventanas abiertas en el portátil. Había cerrado todos los temas pendientes.

Dejó el portátil a su lado, se quitó toda la ropa y fue hasta la línea de las olas. El agua estaba muy fría, no había tocado el sol en una semana, pero él no lo notaba. Tenía el cuerpo entumecido. Fue adentrándose más y más, dejando que el mar le limpiara todos los malos recuerdos y toda la soledad. Hizo un último repaso para asegurarse de que todo estaba bien. Había escrito a su abogado para dejarlo todo en orden, al banco para cancelar los seguros y la hipoteca, al trabajo con todos los temas pendientes e instrucciones sobre dónde estaban todas las llaves y datos que tenía. No se había dejado nada.

Ya podía fundirse para siempre con el mar, ese mar que acariciaba la playa que tanto amaba.

Pero nadie le había dicho que le dolería tanto.

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Las tres palabras para este cuento son de Cecilia, y son playa, vacaciones y amigos.

*Nota: Lo he escrito simplemente con lo que me iba viniendo a la cabeza. He escrito sin parar durante una hora. Lento pero constante. Cuando lo he releído, aunque no me ha gustado lo que leía, no he hecho prácticamente cambios. Con esto quiero decir que este cuento se queda así porque así ha venido, pero no comparto para nada lo que Martín termina haciendo. Creo que la vida es tan bella como queramos verla, y que merece la pena seguir adelante te pase lo que te pase. Algunas de las cosas que hay en el cuento han salido directamente de mi vida, otras no, pero el sufrimiento de Martín es mío en gran parte (lo que concierne a Samuel, más que nada y alguna otra cosita desperdigada). Aun así, sigo pensando que la vida es bella.

Gracias a C y a JR por animarme sin querer a volver a escribir. Creo que sois los únicos que leéis este blog, así que entenderéis que para mí sois especiales. Un abrazo.