Nunca supo cómo había pasado. Aquel día el cielo era gris, la ciudad estaba apagada y todo estaba cubierto por una neblina que hacía más tenues las formas.
El niño ya no estaba allí. Hacía cinco segundos estaba tomándole la mano y de repente no estaba a su lado.
El mundo, como su corazón, se paró. El niño de su alma, su cosita pequeñita se había esfumado y era incapaz de decir cómo había pasado. Estuvo gritando su nombre durante más de una hora sin obtener respuesta. Las otras personas que estaban esperando a cruzar el semáforo cuando notó que su hijo no estaba no sabían nada. No habían visto nada. Para su sorpresa, una decena de personas la ayudaron a buscar al niño. Preguntaron en tiendas, a los viandantes, a los coches que estaban parados en el semáforo. No había ni rastro del niño.
Llamó a la policía, que tomó el caso sin mucho entusiasmo, y tras estar todo el día y parte de la noche rondando por las calles buscando a su niño volvió a casa desesperanzada y angustiada. Se había quedado sin lo que más amaba en el mundo. Esa personita que era como un ella en pequeñito se había ido, sin avisar, sin siquiera gritar, y era incapaz de encontrarle.
Pasaron los días, los meses, y no había rastro del niño. La policía había dejado de buscar poco a poco. De echo nadie de los que estaban a su alrededor mencionaba la desaparición. Sólo le importaba a ella. Bueno, se dijo, sólo le tenía a ella en este mundo.
Las noches se volvieron iguales a los días. No podía dormir. Acaso un par de horas antes de que le sonara el despertador antes de ir a trabajar. Pero ya estaría poco tiempo en ese trabajo. Su implicación en el proyecto se había deteriorado mucho desde aquel día en el que la neblina se llevó a su niño.
Su salud se fue deteriorando también. Cada vez estaba más delgada, más pálida y más triste, puesto que le faltaba lo único que le había dado vida durante mucho tiempo. Llevaba sobre su alma todo el peso del dolor de la pérdida. Ella era la única que parecía recordar que algún día había existido.
Una noche, mientras luchaba contra el demonio que no la dejaba dormir, una manita invisible se posó sobre su mano. Ella se durmió poco a poco con una sonrisa.
No vuelvas a irte, mi vida - Le dijo con el pensamiento, la única manera de la que sabía comunicarse con el niño.
El niño ya no estaba allí. Hacía cinco segundos estaba tomándole la mano y de repente no estaba a su lado.
El mundo, como su corazón, se paró. El niño de su alma, su cosita pequeñita se había esfumado y era incapaz de decir cómo había pasado. Estuvo gritando su nombre durante más de una hora sin obtener respuesta. Las otras personas que estaban esperando a cruzar el semáforo cuando notó que su hijo no estaba no sabían nada. No habían visto nada. Para su sorpresa, una decena de personas la ayudaron a buscar al niño. Preguntaron en tiendas, a los viandantes, a los coches que estaban parados en el semáforo. No había ni rastro del niño.
Llamó a la policía, que tomó el caso sin mucho entusiasmo, y tras estar todo el día y parte de la noche rondando por las calles buscando a su niño volvió a casa desesperanzada y angustiada. Se había quedado sin lo que más amaba en el mundo. Esa personita que era como un ella en pequeñito se había ido, sin avisar, sin siquiera gritar, y era incapaz de encontrarle.
Pasaron los días, los meses, y no había rastro del niño. La policía había dejado de buscar poco a poco. De echo nadie de los que estaban a su alrededor mencionaba la desaparición. Sólo le importaba a ella. Bueno, se dijo, sólo le tenía a ella en este mundo.
Las noches se volvieron iguales a los días. No podía dormir. Acaso un par de horas antes de que le sonara el despertador antes de ir a trabajar. Pero ya estaría poco tiempo en ese trabajo. Su implicación en el proyecto se había deteriorado mucho desde aquel día en el que la neblina se llevó a su niño.
Su salud se fue deteriorando también. Cada vez estaba más delgada, más pálida y más triste, puesto que le faltaba lo único que le había dado vida durante mucho tiempo. Llevaba sobre su alma todo el peso del dolor de la pérdida. Ella era la única que parecía recordar que algún día había existido.
Una noche, mientras luchaba contra el demonio que no la dejaba dormir, una manita invisible se posó sobre su mano. Ella se durmió poco a poco con una sonrisa.
No vuelvas a irte, mi vida - Le dijo con el pensamiento, la única manera de la que sabía comunicarse con el niño.
Un niño que nadie había visto jamás.

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