lunes, 6 de julio de 2009

Otro tiempo

Entró en la ciudad. Hacía mucho tiempo que no había estado allí, pero seguía teniendo los mismos olores, y el mismo barullo de gente que se concentra delante de la taberna o del banco.

Le hizo sonreír el grupo grande que reía, bailaba y bebía mientras gritaba locuras en el centro de la ciudad. Le traía recuerdos muy antiguos. Había estado allí muchas veces, podría decirse que miles de veces. Había recorrido la ciudad de punta a punta, visitando a los maestros, a los artesanos, a los encargados del transporte…

Y había una cosa que no cambiaba… por más veces que fuera a la ciudad, por más veces que la hubiera recorrido, siempre se perdía. Era incapaz de encontrar los sitios más sencillos sin dar vueltas y vueltas. Y esto aún la hacía reír.

Fue visitando a los viejos conocidos. Seguían allí los mismos maestros, parecía que no envejecieran. De hecho, parecía que nadie envejecía… y es que nadie lo hacía. Pero por dentro ella se sentía vieja y cansada. Cansada de rondar por todo el mundo, haciendo el trabajo que le encomendaban, subiendo su status poco a poco, como premio por el trabajo bien hecho.

La elfa se sentó en lo alto de la torre. Miró a su alrededor, pensando que tenía todo lo que cualquiera podría desear, una buena posición, dinero, muchos compañeros, especialmente ese gatito fiel que le seguía alegre a todas partes… pero allí arriba, sentada en lo alto de la torre viendo como su gatito bostezaba sentía un puño que le oprimía el pecho…

Miró a la ciudad que se extendía bajo sus pies. Podía ver el banco, justo debajo, la calle mayor, su mejor punto de referencia, el bullicio ruidoso de las diferentes especies que se juntaban en sus calles, las peleas puntuales para ver quién estaba mejor equipado y quién era el más fuerte…

Suspiró, y del suspiro surgió un nombre. Orgrimmar. Nunca le había gustado especialmente esa ciudad. Tenía la manía de perderse allí… pero había vuelto ese día que tan cansada se sentía, quien sabe porqué… Recordó algo. Recordó a un viejo amigo, hace tiempo desaparecido, que una vez la guió por sus calles sinuosas para que no se perdiera. Le había sorprendido su amabilidad. Sonrió… y le dijo con voz queda: entonces no te conocía mucho, y no podía sospechar que un día te echaría tanto de menos…

Desde aquel día, vio que su ternura la invadía… Él la ayudó en muchos de sus trabajos, la llevó a sitios que ni conocía ni había esperado jamás conocer. Sin saber muy bien cómo, se fueron conociendo poco a poco, le fue calando de aquella manera que calan sólo las cosas que entran de verdad, sin avisar y hasta el fondo. Sin darse ni cuenta, ella acarició al gatito y le miró con toda la ternura que tenía guardada en su corazón…

La marcha de él, le había dejado un hueco en su corazón, volvía a viajar sola, a trabajar sola, y echaba de menos al amigo que la había acompañado tantas veces. Echaba de menos a su torito.

Mientras tanto, lejos de ahí, tan lejos que bien pudiera ser en otro mundo, otro tiempo, otra vida… una chica hundía sus pies en la arena, mientras se fundía en un abrazo eterno con un amigo que había conocido en otro mundo, otro tiempo, quizá otra vida, y sonreía.

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Las tres palabras para este cuento son ternura, amabilidad y Orgrimmar, prestadas por Miguel para este cuento, que está dedicado a él, con todo mi cariño.

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